Seguidores
6 de abril de 2011
Me quiero morir. Si, quiero acabar con todo. Un simple accidente sería lo mejor. Para que nadie tuviera la culpa, para que yo no tuviera que avergonzarme, para que nadie buscara un porqué...
Cuando estás mal, cuando lo ves todo negro, cuando no tienes futuro, cuando no tienes nada que perder, cuando... cada instante es un peso enorme, insostenible. Y resoplas todo el tiempo. Y querrías librarte como sea. De cualquier forma. De la más simple, de la más cobarde, sin dejar de nuevo para mañana este pensamiento: < Él no está >
Y entonces, simplemente, no querrías estar tú tampoco. Desaparecer. Paf. Sin demasiados problemas, sin molestar. Sin que nadie tenga que decir: < Oh, ¿te has enterado? Si, precisamente él... no sabes como ha sido... >. Sí, ese tipo contará tu final, lleno de quien sabe cuáles quienes y cuántos detalles, se inventará algo absurdo como si te conociera de siempre, como si sólo él hubiera sabido realmente cuales eran tus problemas. Es extraño...
Si quizá ni siquiera has tenido tiempo de entenderlos tú. Y ya no podrás hacer nada contra ese gigantesco boca-oreja. Que palo. Tu memoria será víctima de un imbécil cualquiera y tu no podrás hacer nada por remediarlo.
Sí, ese día hubieras querido encontrar a uno de esos magos: colocan un pañuelo sobre una paloma recién aparecida, y paf, de repente ya no está. Ya no está y basta. Y tu sales satisfecha del espectáculo. Quizá hayas visto bailarinas un poco más gordas de lo debido, hayas estado sentada en una de esas sillas antiguas algo rígidas, en una sala ubicada en el mejor de los casos en un sótano cualquiera. Sí, también olía a moho y a humedad. Pero una cosa es cierta: No te preguntarás nunca a dónde ha ido a parar la paloma. En cambio, nosotros no podemos desaparecer tan fácilmente.
Acordándote de cuánto me hubiera gustado ser esa paloma, y desaparecer para siempre.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario